Eran las seis de la tarde y notaba como el vacío que se respiraba en mi habitación me aplastaba, haciéndome sentir pequeña, realmente diminuta. Los momentos de debilidad eran infinitos y el no tener su presencia me atormentaba. ¡Maldita sea, por qué no pude ser yo y no él!, nos quedaba tanto por pasar juntos... Víctor y yo nos conocíamos desde los ocho o nueve años, difrutamos de una larga amistad durante muchos años hasta que como todo adolescente, empezaron a nacer ciertos sentimientos que iban más allá de la amistad. Nos queríamos, nos queríamos con locura. Realmente parecía un amor de película, estábamos tan compenetrados... No había día que no quedásemos para hacer algo aunque tan sólo fuese hacer las tareas juntos. Éramos sólo uno, se podía decir que era mi alma gemela, no teníamos los mismos gustos pero compartíamos muchas cosas en común a parte de una larga amistad que avalaba esa compenetración. A los dos nos encantaba Italia, no veíamos lugar más romántico que áquel, así que tras mucha insistencia a nuestros padres conseguimos irnos durante cinco días. Fueron los mejores cinco días de mi vida.
Lo primero que visitamos fue la ciudad de Roma, nos acercamos a la Fontana di Trevi y ambos lanzamos una moneda con un mismo deseo. Seguimos de ruta turística por Italia y por nada del mundo queríamos dejar de visitar Verona, Víctor sabía que a mí me apasionaba Romeo y Julieta, así que usando sus dotes de persuasión convenció al director de la institución para que le diese permiso para subir junto a mí al balcón de Romeo. Aquel simple hecho ya fue suficiente para darme cuenta de que era lo mejor que me había pasado en la vida, pero había más, algo que me hizo sentir la persona más privilegiada de todo el mundo por tenerlo a mi lado. Cuando ya estábamos en aquel balcón yo no pude más que agradecérselo miles de veces y acto seguido nos besamos, pensé que era lo más bonito y romántico que ha había vivido nunca pero aún no sabía lo que me esperaba. Después de aquel precioso beso ambos permanecimos callados hasta que Víctor pronunció las más bellas palabras que cualquier chica querría escuchar.
-¿No te sientes cómo Julieta ahora?- me dijo.
- Siempre que tú, mi Romeo, no muera me sentiré como Julieta.- le contesté.
- ¿Sabes? Yo, al contrario que Romeo, no necesito gritarte mi amor desde el balcón. No tengo la necesidad de que todo el mundo sepa cuánto te quiero. Lo único que necesito es que tú, mi mundo, sepas que te amo cómo no había hecho nunca.- me susurró en el oído
- Te quiero.- contesté con una sinceridad y emoción que nunca antes había hecho.
Nos fundimos en un beso, el más sincero de todos, cuando nos dimos cuenta de decenas de turistas nos observaban emocionados. No pude evitar sonrojarme. Volvimos al hotel y descansamos durante muchas horas. Los días siguientes visitamos las ciudades que nos faltaban por ver, hasta el último día que cogimos el avión dirección Barcelona.
Los días siguientes siguieron igual que siempre, cuando acabó la época de exámenes decidimos celebrarlo y qué mejor manera que ir a la discoteca así que salimos aquella noche, nosotros teníamos diecisiete recién cumplidos pero nos acompañaban unos amigos de dieciocho años así que nos llevaron ellos en coche. Lo pasamos genial aquella noche, bailamos hasta que nos dolieron los pies. Ya eran las cuatro y media y yo debía estar en casa a las cinco, así que nos fuimos. A Max, a quién le tocaba conducir, no había bebido nada aquella noche así que nos sentamos todos y nos fuimos dirección hacia nuestras casas. Estábamos en el último tramo del trayecto y de golpe apareció un trailer en contradirección, es decir, frente a nuestro coche. Max intentó de todas formas apartarse de aquel desbocado trailer, pero... nos embistió y se llevó el coche hasta el otro lado del arcén y con él, mi razón de existir.
Max y Víctor iban en los asientos delanteros, Max salió despedido del coche y murió en el acto por un grave traumatismo craneoencefálico. Víctor quedó atrapado entre el sillón y la parte delantera de la tapicería. Yo no podía moverme, tenía un brazo roto y una brecha en la frente, ¿pero qué más daba que se me rompiese más el brazo, si yo sentía que mi corazón se estaba haciendo añicos?. Ya habíamos avisado a la ambulancia y deberían estar de camino. Yo estaba segura de que a Víctor le quedaban pocas horas de vida, así que me arriesgué a moverme y me acerqué lo más que pude a él intentando liberarlo pero no pude. Me limité a mantenerlo despierto, le hablaba y le recordaba todos los momentos que habíamos pasado juntos, me faltaba el aire y no contenía las lágrimas.
- ¿Te acuerdas, Víctor, en el balcón en Verona? ¿Te acuerdas de lo que me dijiste?- le decía.
- Claro que me acuerdo, no lo olvidaré jamás.- contestó como pudo.
- Eres lo más importante de mi vida, no puedes irte, se me va a caer el mundo encima. Te quiero, te quiero más que a nada en el mundo.
- Eres mi vida entera, sé que me estoy yendo y que te va a costar muchísimo salir hacia delante pero tienes que prometerme que lo harás, hazlo por mí. Disfruta de todo lo que podríamos haber disfrutado juntos. Sólo te pido una última cosa.- explicaba él.
- Dime, haré lo que me pidas...- le respondí.
- Sólo quiero que me beses, como en Verona, y que no pongas más en peligro tu brazo. Así que acercáte a la ambulancia y déjame aquí, que yo me voy feliz con un beso tuyo. Te quiero, siempre vas a ser mi vida.- despidiéndose.
- Te quiero.- le respodí y lo besé.
Tal y como me dijo Víctor, me dirigí hasta la ambulancia por nada del mundo quería desobedecerlo, y me llevaron hasta el hospital. Me han tenido que operar varias veces del brazo por no haber estado quieta, pero el dolor que pueda sentir por el brazo no es comparable con el gran vacío que siento en el pecho, que me corta la respiración. Intento salir hacia adelante, pero es muy díficil, es horrorosamente díficil saber que no va a estar nunca más a mi lado. Y tener miedo a olvidarme de su voz, eso es lo que más me aterra. Pero debo volver a sonreír, se lo prometí. Él siempre seguirá vivo en mi corazón, como el fuego, como un corazón en llamas.